Llegó, va a hacer ya cuatro veranos, como un refugiado más, medio muerto de calor y hambre, destrozado del viaje, achicharrado en un tren lento e inmisericorde sin aire acondicionado en la tórrida tarde de un domingo de agosto y en casa no quiso hablar con nadie; se tumbó en el suelo quieto y asustado a esperar que se lo llevara la muerte.
Se pasó así varios días sin comer ni beber, sin apenas moverse, a un paso de la más cruda desesperanza. No salía, no se dejaba ver, no hablaba con nadie, no quería nada, no reaccionaba. Nos preocupaba su estado de apatía y desgana y su terrible pasividad que no presagiaban nada bueno. La situación era insostenible. Nos temíamos lo peor y ya teníamos medio apalabradas las misas cuando, un día, de repente, empezó a comer. Era muy poco, pero fue suficiente y, despacio, despacio, inició una lenta recuperación como una flor marchita que revive de forma tímida pero firme y constante.
Al principio se asomaba a la puerta de su habitación y se volvía como si más allá solo existiera el infierno que tan bien recordaba. Sin agobiarle, nos preocupábamos de que comiera y bebiera y también de que se animara todo lo posible. Una tarde salió de su cuarto al pasillo, mirándolo todo con curiosidad no exenta de cierto recelo, y desde ese momento fue visitando por etapas el resto de la casa.
Cuando perdió la vergüenza y restauró el tono muscular se fue atreviendo cada vez más a adentrarse en lo desconocido hasta llegar un punto en que se ha convertido en una especie de conquistador de habitaciones que disfruta colonizándolas todas con fruición y descaro.
Ahora pasea por toda la casa sin vergüenza ni trabas ni ataduras de ningún tipo, brincando y saltando con despreocupado desparpajo y, en general, está razonablemente satisfecho con la vida que lleva.
Sin embargo, la única objeción que puede poner, si acaso, es que tiene comprobado que hay seres carentes de respeto por los olores personales ajenos y parecen sentir un placer especial en reconducirlos una y otra vez. Eso le enfada mucho y le pone muy serio. Pero Topito es un muchachote noble, un buen chico que se adapta a las situaciones y pronto se le pasa el enfado: es un conejito muy guapo de carácter bonancible con el que se puede convivir bien a pesar de que su concepto de la higiene no sea muy humano que digamos, pero también es verdad que hay humanos con los que podría llegar a coincidir bastante.

Javier Auserd.