viernes, 5 de junio de 2009

Ese fallo tontorrón que tienen algunos.


Estoy detectando últimamente una tendencia en ciertos comentaristas, redactores periodísticos, críticos, tertulianos y otras hierbas y personal en general, a presentar la muerte ajena como una derrota del individuo que se muere, léase Benedetti, Carradine y algún que otro ex deportista famoso.
No estoy de acuerdo. Una cosa es que alguien (sin duda mezquino) se alegre de una muerte ajena. Otra cosa es que la considere justa y justificada (?), lo que me parece absurdo, incomprensible y, sobre todo, irreal. Y una vuelta de tuerca más es considerar una muerte como un fracaso del muerto.
Aparte de dioses, héroes mitológicos y Jesucristo a los que no he tenido el gusto de conocer, no he conocido a ningún inmortal y de los mortales a los que he conocido (u oído hablar) ninguno se ha librado, tarde o temprano, de la muerte, de donde me parece sensato colegir que nadie (conocido o no) nos vamos a librar de ella, por lo que no entiendo que se trate de un fracaso o de una derrota de nadie por muy mal que nos caiga, cayera, cayó o cayese.
Sin embargo, como ya se sabe que "hay gente pa tó", debe de haber gente a la que le parece bien este supuesto argumento del "fracaso vital" y se apunta sin prejuicios morales ni mentales a la moda de calificar de derrota, como si de una partida de mus o un vídeojuego se tratara, a la muerte, donde la destreza, la pericia, la astucia o no sé qué secretas habilidades milagreras nos pudieran librar de ella per saecula saeculorum (amen) y salir "vencedores" del lance y subir un nivel.
Además de una percepción lerda e infantiloide del asunto (con perdón de los infantes), barrunto en esta idea de la muerte una ausencia bastante acusada e irrisoria de madurez intelectual más propia de mentes acéfalas o de una ridícula y autodestructiva mala leche patológica. ¿O será, acaso, una necia satisfacción vengativa o un alivio prenormal transitorio?
¡Pues vaya usted a saber!
Javier Auserd.