viernes, 2 de julio de 2010

De tu inmensa mirada.

Qué raro se me hace y,
sin embargo,
si no fuera por ti
yo no existía
ya.
Un rumor de pasos en la galería en penumbra,
un manojo de siemprevivas
(toma, para que no te mueras nunca),
un vicio, ineludible,
de colocarte el cabello y la fisonomía del gesto
para que todo el mundo advierta
lo guapa que eres ...
Todo eso, todo
lo que emerge
del vacío enorme que nos suena
a una triste canción
(desafinada),
todo eso es tuyo, tuyo como un
amanecer articulado,
como una sinfonía de colores
radiantes,
como un coro ardiente de trescientas luciérnagas
en una noche clara, en una voz transida,
en una madrugada de desesperaciones.
Si descoloco el mar,
si frunzo el ceño,
ahí estás tú para regañarme
con la suave certeza de tus ojos
(que pesan menos que el aire),
que pesan más que un suspiro
(no nos engañemos),
que pugnan, que insisten, que
forcejean, como los gorriones cuando
cincelan el cielo con sus alas
grises.
Ah, del castillo, Ah de esas almenas,
Ah de la claridad inexpugnable.
No es la luz lo que alumbra,
no es la fe lo que mueve,
no es el viento quien llama
una y otra vez a la puerta
de nuestros corazones.
Es la voluntad diáfana, precisa, pura,
intensa de tu rostro indudable,
de tu inmensa mirada.
c) Javier Auserd.

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