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viernes, 29 de enero de 2016

El árbol caído.


Yacía tumbado cuan largo era donde antes había sido alto. Un silencio pesado llenaba el bosque después del estruendo. Las briznas de pino y de paja se iban depositando en el suelo en una danza caótica muy bien orquestada hasta tocar la yerba y quedarse allí tiritando. Una lágrima rodaba por la cara del leñador que derribó el árbol caído, como una gota de rocío temprano, como una protesta inútil a su propio acto de guerra, como un pájaro sin nido, como una atrocidad necesaria, como una lucha perdida de antemano, como un tributo a la Bestia llamada Progreso, como una sinrazón más de las muchas que suceden todos los días sin remedio.
Javier Auserd.

sábado, 4 de febrero de 2012

Cuentos letales.

Sin alevosía.
2. Media hora contigo.
Aparentó no darse cuenta del ataque para, inmediatamente, girarse una vuelta completa y golpearle por la espalda en la base del cuello. Cayó redondo al suelo para no levantarse más como si nunca hubiera estado de pie. Trasgo movió la cabeza intentando detectar alguna otra presencia enemiga, saltó a los cubos y subió por la escalera de incendios hasta la azotea. No le gustaba matar, pero no tenía otra alternativa. A él no le había sido dado el poder de convencer o de engañar o de anestesiar con la palabra, él no era un orador, era un guerrero en una jungla urbana hostil y traidora. Se curó las heridas. Vista desde aquella altura, la ciudad era un puro engranaje de chatarra superpuesta con hormigón poliprensado emitiendo constantemente sonidos y destellos insoportables. Pero tenía que soportarlos. Era justo a lo que había sido condenado.
Tenía que verla en la azotea. Él había sido castrado de pequeño y no comprendía la incontrolable atracción de sus compañeros hacia las hembras, pero aquel era un sentimiento diferente, desprovisto del sexo cuya compulsión no podía sentir. Sin embargo, sin duda no le castraron la empatía y estaba claro que él empatizaba con aquella gata tricolor, con aquél relámpago de luna manchada que surcaba el cielo de sus desesperaciones en los gélidos eneros o en los hirvientes agostos cosmopolitas.
La vio y se comunicó con ella:
—No quise hacerlo —la repetía— fue instintivo, querían matarme y me defendí.
—Trasgo, no puedes ir por ahí matando a la gente, te van a machacar, han formado partidas, te atraparán, te matarán, se vengarán de lo que has hecho.
—¿De qué lado estás, Teresa?
—Estoy de tu lado, pero tienes que avenirte.
—Tú y yo, no estamos conversando.
—¿Y?
—Esta situación me recuerda un cuento que nos contaba mi tía Gertrudis de pequeños.
—Y me lo vas a contar.
—Sí.
—¿Cómo dice?
—Se titula: 'El estanque de los nenúfares', y dice así: Aquella noche de luna, Guindalezio Aristídes, se paseaba nervioso junto a la reja de la casa de la madre de Juanita. No podía conciliar el sueño y había ido allí a ver si vislumbraba siquiera la sombra de su amada. Había ido allí solo, sin su acostumbrada cohorte de amigotes, como impulsado por un resorte secreto. Y se había plantado en casa de Juanita con sombrero y camiseta, porque la noche era calurosa y no soplaba ninguna brisa del chumberal pedregoso que rodeaba al pueblito. Además, los paseos nerviosos entorno a la reja de su amada, aumentaban el sofoco que ya amenazaba con tumbarle de tan agobiantes hervores ...


Entretanto, en el planeta Agua, los humanos soportaban como podían sus propias tragedias, grandes o pequeñas, desprovistos de cualquier sentido del arte o de la estética. Selene, por ejemplo, revivía (aún luchando en la UCI a brazo partido contra la anestesia) que fue como si una estrecha franja de la arena de la playa de la costa se hubiera arrojado a las olas y una hubiera golpeado el paseo marítimo desde el que ella miraba atónita y consternada cómo se llevaba el mar a su mejor amigo mar adentro desprendiéndole de la tierra, mejor dicho, del hormigón armado, de un feroz zarpazo homicida. Y ella se quedó quieta y muda, temblando, como si una Furia divina hubiera aparecido en el mar para arrancarle el corazón y llevárselo a su residencia del fondo del agua. ¿Por qué pasan las cosas? ¿Lo sabes, lo sabemos? ¿Por qué pasan las cosas como pasan y no de otra manera? ¿Eh? ¿Quién lo sabe? Que nos lo diga, por favor, que nos lo cuente, por favor, no somos tan tontos. ¿No? (A mí me parece). Habían estado antes paseando una media hora, aproximadamente.
© Javier Auserd.

miércoles, 18 de enero de 2012

Cuentos letales.

Sin alevosía.
1. Praefatio. Alize y Eliza.
No me extrañaría que estuviéramos llenas de espaldas —le dijo Alize a Eliza riendo mirándose al espejo mientras bromeaban.
Alize y Eliza eran muy diferentes. Como es fácil adivinar, una era rubia y la otra morena. Pero cuando se intercambiaban daban el pego y nadie lo advertía: pasaban una por otra sin el menor contratiempo dando pie a cómicas y graciosas situaciones y equívocos.
—¿A dónde va usted con esa caja, Mr. Aurelyan? —le pregunto Alize a don Segismundo Aurelyan.
—Voy a la biblioteca a donar estos libros, hija —le contestó el hombre.
—¿Y eso puede hacerse?
—Ya lo creo que puede hacerse. Puede y debe hacerse. Se llevan, se donan y ya está. Así no ocupan sitio en casa y la gente se beneficia con ello.
—Ah, pues eso está muy bien. Hasta luego, Mr. Aurelyan.
—Hasta luego, hija.
Alize no se lo había planteado antes nunca, pero después de la conversación con el anciano, pensó en donar también ella sus libros como contribución al saber global local comunitario y como muestra de generosidad fácilmente demostrable ya que era notorio que no podía ella donar sangre (como en cambio sí podía hacerlo Eliza y bien que presumía de ello) por tener antinoséqués en nosédónde, como le habían explicado cuando lo intentó. De modo que se puso a hacer una pila de libros que no había vuelto a abrir en los últimos ... díez años por lo menos, y le salieron nueve incluyendo un catecismo en bastante mal estado de conservación, así que añadió 'La isla misteriosa' los envolvió en papel de diario gratuito y salió muy ufana hacia la biblioteca con la candidez de sus 17 años y medio colgándole de una magnífica y confiada sonrisa. Llegó a la biblioteca y se dirigió a la primera cincuentona de aspecto amable que se cruzó en su camino.
—Buenas, que vengo a donar.
—La Red Cross es en San Quentin Square.
—No, no, si lo que vengo a donar son libros.
—Ah, bueno, ven conmigo. Los libros aquí son muy bienvenidos. Vamos a esta mesa. Y ¿qué traes?
—Pues ... un 'Fray Perico y su borrico', un 'Conde de Montecristo' ...
—¡Muy bien! Pues déjalos todos aquí, que luego los apunto y los colocamos. Dime tus datos.
—¿Pero esto no es anónimo?
—Solo si tu quieres. Pero a nosotras nos gusta saber a quién agradecer las donaciones.
—Ah, vale, pues apunte. Me llamo ...
En ese momento, vio Alize un mosquito posarse en el hombro de la mujer de la biblioteca y, ni corta ni perezosa, agarró 'Los tres mosqueteros' y le sacudió un librazo que le dejó k.o. al mosquito y, de paso, al hombro de la bibliotecaria que la estaba atendiendo.
—¡Pero, ¿por qué me atacas?!
—No, si no la he atacado, he matado a un mosquito, mire.
—¡Aagghh! ¡Malditos mosquitos, nos tienen desesperadas! ¡Han fumigado tres veces ya y nada! Muchas gracias ...
—Alize Wilkinson, de la Bahía Colonial de Massachusetts, Salem, Massachusetts.
—Pues gracias, Alize, me has salvado la vida.
—Oh, no, no creo que sea para tanto. En todo caso, han sido ... 'Los tres mosqueteros'.
—¡Ja, ja, ja, ja, ja! ¡Pues es verdad! Gracias a los tres, eeh, cuatro, ¡no, ... cinco!
© Javier Auserd.